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Puna Bio nació de una pregunta científica con consecuencias empresariales: ¿pueden los microorganismos que sobreviven en la Puna argentina ayudar a los cultivos a enfrentar condiciones cada vez más adversas? La compañía, fundada en 2020, busca convertir más de 25 años de investigación sobre extremófilos en productos biológicos capaces de mejorar la eficiencia productiva con menor impacto ambiental.

Los extremófilos evolucionaron bajo alta radiación, salinidad, sequía y escasez de nutrientes. El equipo estudió no solo esas bacterias, sino también su relación con plantas autóctonas adaptadas a ambientes hostiles. A partir de esos mecanismos de resiliencia, Puna Bio desarrolla bioinsumos para trasladar parte de esa capacidad a cultivos extensivos y mejorar su nutrición y respuesta frente al estrés.

La empresa surgió de un proyecto impulsado por GRIDX, un fondo de capital de riesgo especializado en biotecnología en América Latina. Sus fundadoras científicas son María Eugenia Farías, Elisa Violeta Bertini y Carolina Belfiore, investigadoras vinculadas con el CONICET; el equipo fundador se completa con el economista Franco Martínez Levis, actual CEO. La combinación entre investigación de frontera y construcción comercial es el núcleo del modelo de la compañía.

Para reducir la distancia entre una hipótesis de laboratorio y una decisión productiva, Puna Bio construyó desde 2020 una red nacional de ensayos junto con especialistas independientes e instituciones como el INTA. Según la empresa, ya realizó más de 600 evaluaciones en distintas zonas agrícolas. Esa validación es decisiva: un microorganismo prometedor necesita demostrar resultados consistentes en suelos, climas y manejos diferentes antes de convertirse en una herramienta confiable para productores y distribuidores.

Uno de sus productos es Kanzama®, un tratamiento de semillas para trigo y cebada orientado a mejorar la fijación biológica de nitrógeno y la implantación bajo estrés hídrico. La compañía afirma que su aporte promedio equivale a 36 kilogramos de nitrógeno por hectárea. Kunza®, en cambio, es un bioestimulante para soja, algodón y poroto que busca favorecer la absorción de nutrientes y la tolerancia al estrés abiótico; Puna Bio informa que ya fue utilizado en más de 300.000 hectáreas.

Los datos de desempeño y retorno difundidos en la nota provienen de la propia compañía y deben leerse como tales. Puna Bio sostiene que sus tecnologías pueden generar beneficios de entre seis y diez veces su costo, pero el valor económico real dependerá del cultivo, el ambiente, el manejo, el precio de los insumos y la respuesta obtenida en cada campaña. Para una empresa agropecuaria, la adopción prudente exige ensayos comparables, medición local y criterios claros de retorno.

El crecimiento atrajo capital estratégico. La ronda Serie A fue liderada por Corteva Agriscience y posteriormente se incorporó la Fundación Gates como inversor. La empresa cuenta con más de 50 personas, una plataforma que abarca desde la prospección en ambientes extremos hasta la producción de bioinsumos y una colección propia de más de 2.500 cepas, de acuerdo con la información publicada por Economis.

La proyección internacional incluye la adaptación de sus tecnologías para otros mercados y una colaboración con la Fundación Gates enfocada en África, pequeños productores y seguridad alimentaria. Esa expansión todavía debe demostrar que los resultados obtenidos en Argentina pueden sostenerse en otros contextos productivos. El caso de Puna Bio es relevante no porque garantice una solución universal, sino porque muestra una ruta concreta para convertir ciencia local, propiedad biológica, evidencia agronómica y capital en una empresa con ambición global.